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Recuerdos de... "La Peseta"

Que no de la moneda, legal y mucho menos bancaria plastificada; la primera, a punto de desaparecer; la segunda, tan multiplicada, colorista, informatizada y ya dúctil, dáctil y, a poco, parlante.

Me refiero a la "Peseta", hoy "cocina de oro", tan acreditada, conocida y siempre en auge, desde tiempo ha que la conozco, aprecio y disfruto.

Hace unos días, visitando el Museo de la Academia de Valladolid, me encontré... con tantas cosas curiosas y notorias... y así el apellido Pita da Veiga... lo recuerdo Ministro en su parada "infalibre" para comer en la Peseta, y su charla con doña Irene.

Mi primera estancia en "posada" tan destacada fue en Semana Santa de 1952; luego se sucedieron durante años, en casi frecuencia trimestral, pre y post Navidades, Semana Santa, siempre, y en Ferias... con nocturnidades en el Casino, asaltos en la mañana del jueves y otros d¡as, y la Eragudina en auge. Su precio comenzó siendo en torno a las 50 pesetas diarias, pensión completa. Aquella Astorga de nevados inviernos y veranos calurosos, de trasnoche en terraza, hasta las dos y más de la madrugada, el "todo" Astorga recorría la calle Ovalle, hoy peatonal, para "recuncar en La Peseta".

La frecuencia y paralelismo de presentes hizo que nuestra mesa fuese la de la cocina, frontal y al fondo adlátare del fregadero, espacios amplios con vistas directas al fogón y olores celestiales a menús y cartas singulares; y allí omnipresente, Irene, también María y luego Maruja, con su niña Mª del Mar recién nacida, agasajada y musicada cual retreta floreada. Mesa de banco largo y sillas enfrentadas, en amistad grande y manifiesta, con espaldas acogidas por la cristalera, donde luego, y al subir por las escaleras, se hicieron habitaciones nuevas, entonces sin entrada o salida a San Bartolomé; o sin acogimiento... libres y sin respaldos siempre dispuestas a recibir la palmada de Irene o de tantos conocidos, amigos que llegaban y se adentraban en la cocina.

Gonzalo, que "pululaba" sin espacio... si atendía el de la entrada... lleno de mesas, colocadas en horizontal o las paredes, con bancos y sillas llenísimos en los martes de mercado, fiestas... con suculentas paellas, pulpo y también tapas... y un, a modo de bar, en combinación perfecta con la cocina. Se reunía y vivía allí Luciano, marido de María, ¡qué ingenio tan parsimonioso el suyo!; y que decir de Manolo... el comprador de pollos... y más en los mercados de los martes, parecía haber salido de las páginas del Quijote, era "pavero" como decimos los gallegos; es decir, con gracia innata y por arrobas. También venía con frecuencia la hermana de Irene, Oliva, cuyo nombre aún recuerdo, casada en León con un ferroviario, e igualmente grata, amable y cariñosa presencia... en aquellas tertulias familiares tras la cena, en la mesa larga y blanca de la cocina. Sonrisas de cristal en noches frías, pero qué gratísimos recuerdos..., en alguna ocasión salí a jugar al dominó al Regio, haciendo "encuadre" con alguien que faltaba en la partida. A veces coincidían más conmigo, de aquella época de novios, alguno se desplazada, día a día, a Castrillo en bicicleta. Irene me llamaba en diminutivo; y a Luciano, actual propietario, Lucianín; yo era una especie de inquilino, a plato pedido, ya que siempre me decía que quería comer; y Luciano practicando el fútbol, simultaneando los estudios con la Eragudina.

Las comidas eran una delicia, en contenido y ambiente, en aquella mesa blanca y larga con los hermanos Facundo, Manolo y Gonzalo Goy, Manolo Gavela, Pacucha, Timoteo; los "penitentes": dos amigos de La Coruña que venían todas las Semanas Santas, habían sido capitanes en la Armada Real Inglesa, Enrique Cornejo, y algunos novios... todos según ‚pocas pero con una constante presencia, y "Rodríguez" ocasionales, tan conocidos... con familias veraneando en Santander, Gijón... por eso y el calor, en verano, comíamos entrando a la izquierda y sin manteles, algo que a muchos les chocaba y que tenía su "cosa".

Facundo venía de Sevilla, con añoranzas y anécdotas, amigo de El Gallo, el de las "espantás" y cuyos cigarros puros disfrutaba; con sus "barquitos" en la sopa, pan que echaba y luego recogía con el tenedor y a puerto; su "abadesa", y aquel letrero que puso en su piso: "aquí no vive el canónigo"... Manolo, que se despedía para irse a Sevilla y nunca lo hacía... sus complicaciones viajeras cuando en Astorga se estaba divinamente, y Gonzalo con su "diávolo" para mí tan significativo.

Pacucha y aquel viaje inventado... y Timoteo, que ignorando la conjura, se brinda a acompañarla y llevar su maleta a la estación al paso de un tren de madrugada... Y Cornejo que, esperándole un tiempo, llega y nos dice que no había podido llegar antes por estar descargando un vagón de pizarrines, lo cual comentamos, en presencia de su hija Mari Adela, con ocasión de visitarle, enfermo, creo que en el Princesa Sofía de León, y con tubos puestos echó una risotada, de manera que me dije "esto es un milagro". Mi buen amigo Enrique... seguro que su hija recuerda el sucedido.

En tiempos y en ocasiones concurrían en dicha mesa, sobre todo en tardes-noches, José‚ Luis; Coral Ortiz y Matilde la Sala, con la que coincidimos en un memorable concierto, creo, en el palacio de la Música, de Madrid, dado por un afamado compositor ruso... Monteserín... Y los "penitentes" que venían todas las Semanas Santas, a las cuales yo tampoco faltaba; se colocaban en "X", en la comentada mesa, con su limonada de la casa, preparándose para salir en las procesiones de la noche... un año prepararon un atuendo de cofradía ya que uno no podía ir.. salir, salían a enlazar en la plaza Mayor... se ponía en fila e iban quedándose rezagados y nunca superaban la distancia hasta el Casino, verdadera balconada para presenciarlas, se iban quedando atrás y retornaban a su punto de partida... La Peseta.

En su comedor de arriba tuvo lugar un día de mayo, de hace treinta años, la comida fundacional de Radio Popular de Astorga, a la cual asistí¡, a mi lado Mata, de La Bañeza y el Alcalde de Sanabria... charlas, discursos, y recuerdo que el hoy cronista oficial de Astorga y federatario oficial de Feitos de la Maragatería, don Luis Alonso Luengo, nos habló de las emparedadas, de Santa Marta.

Qué años aquellos, a pesar de cuestiones y tragedias; parece estar oyendo la risa contagiosa de doña Irene, tan alegre, cual apellido, servicial y cariñosa: pero ¿qué diría, la tan laureada, si levantase la cabeza y "viese" que muy próximamente habría de cocinar en euros?.

Astorga es un pueblo que camina... y que recuerda, y, as¡ creemos que por tantos motivos, doña Irene, debiera tener una calle que perpetúe su memoria.

Alfonso FERNANDEZ R. RODICIO

Publicado en El Faro Astorgano en diciembre de 1998